Cuando los números mienten y la realidad grita
Redacción Raíces Digital | Mientras el régimen de Javier Milei difunde indicadores oficiales que intentan mostrar una mejora social, estudios alternativos advierten que la pobreza crece y se profundiza. No es solo una disputa estadística: es una batalla por el sentido común, por quién define la realidad y para qué.
No estamos frente a una simple diferencia técnica entre mediciones. Lo que se pone en juego es la capacidad del poder para imponer un relato que niegue la experiencia cotidiana de millones de personas. Mientras el INDEC sostiene una desaceleración de la pobreza, informes del Centro de Estudios Derecho al Futuro (CEDAF) y análisis del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) advierten lo contrario: el deterioro de los ingresos, la caída del consumo y el ajuste sostenido están empujando a más hogares por debajo de la línea de pobreza.
Los datos del CEDAF señalan que, lejos de mejorar, las condiciones materiales de vida se agravaron durante el primer año del régimen de Milei, especialmente entre trabajadores informales, jubilados, cuentapropistas y sectores populares urbanos. El IPyPP, por su parte, remarca que las estadísticas oficiales no captan el impacto real de la inflación acumulada, la licuación salarial ni la destrucción del empleo, elementos centrales para entender la dinámica social actual.
La discusión no es neutra. Cuando un gobierno insiste en mostrar números “positivos” mientras crece la angustia social, no busca informar, busca disciplinar. Se intenta instalar la idea de que el sacrificio es inevitable, que el ajuste funciona y que el malestar es exagerado o producto de intereses políticos. De ese modo, la pobreza deja de ser un problema estructural para convertirse en una percepción individual, casi subjetiva.
Este mecanismo no es nuevo, pero hoy se aplica con una intensidad inédita. Se gobierna también desde el discurso, moldeando percepciones, relativizando el daño y deslegitimando toda voz crítica. El mensaje es claro: si los números dicen que estamos mejor, entonces quienes no llegan a fin de mes están equivocados. La realidad debe adaptarse al relato, no al revés.
Sin embargo, la vida cotidiana desmiente ese intento. El aumento de comedores comunitarios, el endeudamiento familiar, la caída del consumo básico y la multiplicación de conflictos laborales son señales concretas de un proceso regresivo. No se trata de una sensación, sino de una experiencia social compartida que atraviesa barrios, provincias y sectores productivos.
Desde Raíces Digital advertimos que cuando el poder construye un relato para negar lo evidente, el problema ya no es solo económico, sino político y democrático. No se trata únicamente de discutir porcentajes de pobreza, sino de quién define qué es la realidad y para qué. Invisibilizar el daño social es parte del mismo proceso que busca deslegitimar la protesta, el reclamo y la organización popular.
Si se logra instalar que la pobreza baja mientras la vida empeora, se intenta quebrar la capacidad del pueblo de reconocerse en su propia experiencia. Esa es la clave del momento que atravesamos. No convencer, sino confundir. No mejorar la vida, sino administrar el deterioro. No gobernar para el bienestar colectivo, sino disciplinar desde el discurso.
Frente a esa operación, nombrar lo que pasa es un acto político. Decir que la pobreza crece cuando crece, que el ajuste duele cuando duele y que los números no reemplazan la vida real es una forma de resistencia democrática. Porque cuando se naturaliza el daño, se prepara el terreno para profundizarlo.
Y en ese punto, no hay neutralidad posible. O se acepta el relato impuesto, o se defiende la verdad social que emerge de los barrios, del trabajo, de la mesa familiar y del día a día de millones. Raíces Digital elige lo segundo. Porque sin verdad no hay debate, y sin debate no hay democracia.

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