“Del despertar a la guerra cultural: el viaje de ‘woke’ hasta la Argentina”

Nacida en la resistencia afroestadounidense, la palabra “woke” recorrió décadas de lucha social hasta convertirse en un arma discursiva en la polarización política global. Hoy, en Argentina, atraviesa debates que van desde el orgullo militante hasta la burla o el odio, según quién la pronuncie.
Editorial Raíces Digital
En un mundo cada vez más atravesado por batallas culturales, pocas palabras han viajado tanto —y cambiado tanto— como “woke”. El término nació en el inglés afroestadounidense vernáculo (African American Vernacular English, AAVE) y se registró por primera vez en la década de 1930. Apareció en la canción Scottsboro Boys del músico Lead Belly, quien advertía a su público sobre la necesidad de “stay woke” (mantenerse despierto) para no caer en las trampas del racismo y la injusticia.
Durante las décadas siguientes, “woke” fue un código interno en comunidades negras de Estados Unidos para significar algo más que estar despierto en sentido literal: implicaba conciencia política y vigilancia frente a las opresiones del sistema. En 1962, el escritor William Melvin Kelley llevó el término a las páginas del New York Times, confirmando su paso del lenguaje callejero a la discusión pública.
La palabra cobró nuevo impulso en el siglo XXI, especialmente después de 2014, cuando el movimiento Black Lives Matter la convirtió en un llamado de alerta ante la violencia policial y el racismo estructural. Desde entonces, el Oxford English Dictionary incorporó “woke” como adjetivo para describir a quien está “consciente y atento a injusticias sociales o raciales”.
De consigna progresista a insulto político
En su origen, ser woke era motivo de orgullo: un reconocimiento a la conciencia crítica y la solidaridad con las luchas históricas. Sin embargo, a partir de la década de 2010 y especialmente en los últimos años, el término comenzó a sufrir una apropiación invertida.
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Izquierda y centroizquierda: lo reivindican como símbolo de compromiso con derechos humanos, igualdad de género, diversidad sexual, ambientalismo, derechos de las y los trabajadores y justicia social.
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Centroizquierda crítica: aquí hablamos de personas que, aun compartiendo principios progresistas, no temen señalar incoherencias dentro de sus propias filas. Usan “woke” con ironía para describir casos de activismo superficial o meramente simbólico, cuando las causas sociales se adoptan más como una etiqueta de moda que como una práctica real y sostenida. En el mundo hispanohablante, esta crítica se conoce como “izquierda caviar”: militancia de salón, con discursos progresistas pero estilos de vida, privilegios y decisiones alejadas de la realidad de quienes dicen defender.
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Derecha conservadora: lo emplea como arma para cuestionar lo que consideran excesos de la “corrección política” y la “cultura de la cancelación”.
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Extrema derecha: lo convierte en enemigo cultural, describiéndolo como “virus mental” o “ideología totalitaria” que amenaza valores tradicionales.
En Argentina, el salto de “woke” a la agenda pública se dio con fuerza tras discursos presidenciales como los de Javier Milei en el Foro de Davos, donde lo usó como sinónimo de todo lo que combate: feminismo, ambientalismo, derechos LGBT y políticas de diversidad. Desde entonces, su eco en redes sociales creció exponencialmente, transformándose en un marcador ideológico inmediato: la misma palabra puede ser bandera o insulto, según quién la pronuncie.
Por qué vuelve ahora
La reaparición de “woke” no es casual. En tiempos de polarización política extrema, el lenguaje se convierte en campo de batalla. Traer un término con historia militante afroestadounidense a la discusión local sirve para importar una narrativa global de “guerra cultural” que ya se disputa en Estados Unidos y Europa.
En este nuevo escenario, “woke” funciona como palabra comodín: para unos, resume valores de justicia y derechos; para otros, condensa lo que consideran una amenaza cultural. La disputa ya no es solo por políticas concretas, sino por el sentido mismo de las palabras.
Más que una moda lingüística
Reducir “woke” a una simple palabra de moda sería un error. Su recorrido muestra cómo las luchas sociales pueden ser resignificadas, reinterpretadas o atacadas hasta despojarlas de su sentido original. En Argentina, su uso es una importación cultural, pero la batalla que refleja —sobre el tipo de sociedad que queremos construir— es completamente local.
En definitiva, estar woke comenzó como un llamado a no dormir frente a la injusticia. Hoy, en medio de la grieta y la globalización de la política, su significado depende menos del diccionario y más del lugar desde donde se pronuncia.