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NÉSTOR KIRCHNER, EL HOMBRE QUE SE ANIMÓ A DESAFIAR AL PODER Y DEVOLVERLE LA ESPERANZA A UN PUEBLO

A 16 años de su muerte, la figura del expresidente nacido en Río Gallegos sigue atravesando la historia política argentina. Llegó a la Casa Rosada en 2003, cuando el país todavía sufría las consecuencias del derrumbe económico y social, y abrió una etapa marcada por la recuperación del trabajo, la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de soberanía. Su legado permanece en la memoria de quienes encontraron en la política una posibilidad de transformar la realidad.

Hay fechas que permanecen en la memoria colectiva porque ese día algo cambió para siempre. El 27 de octubre de 2010 fue una de ellas. Néstor Carlos Kirchner murió en El Calafate, Santa Cruz, a los 60 años. La noticia recorrió el país y provocó una conmoción que se expresó en las calles, en las organizaciones populares y en una multitud que se acercó a despedirlo.

Aquel día, mientras la Argentina realizaba el Censo Nacional, miles de personas comenzaron a comprender que se había ido mucho más que un expresidente. Había muerto un dirigente que, con sus convicciones, sus contradicciones y una manera intensa de ejercer la política, había marcado profundamente una época.

Para Santa Cruz, aquella pérdida tuvo una dimensión especial. Néstor no era un dirigente llegado desde los grandes centros de poder. Había nacido el 25 de febrero de 1950 en Río Gallegos, había estudiado en sus escuelas, caminado sus calles y construido buena parte de su historia política en el extremo sur del país.

Fue intendente de Río Gallegos, gobernador de Santa Cruz y, finalmente, presidente de la Nación. Un recorrido que también expresó la posibilidad de que la Patagonia, tantas veces relegada de las grandes decisiones nacionales, tuviera una voz propia en la conducción del país.

Cuando asumió la Presidencia, el 25 de mayo de 2003, Argentina todavía estaba herida por la crisis de 2001. La desocupación, la pobreza y la desconfianza hacia las instituciones habían golpeado duramente a millones de familias.

Kirchner llegó con apenas el 22,25 % de los votos de la primera vuelta, después de que Carlos Menem renunciara a competir en el balotaje. Tenía una legitimidad electoral inicial limitada y una responsabilidad política inmensa: reconstruir la autoridad del Estado en una sociedad que había perdido la confianza en sus gobernantes.

Su respuesta fue colocar nuevamente a la política en el centro de las decisiones. Defendió un Estado con capacidad de intervención, impulsó la recuperación económica, promovió la industria y el empleo y sostuvo que el crecimiento debía tener una expresión concreta en la vida de los trabajadores.

Durante su gobierno disminuyeron significativamente la desocupación y la pobreza, aunque persistieron desigualdades y problemas estructurales que la recuperación económica no consiguió resolver por completo.

Para millones de argentinos, volver a conseguir trabajo, recuperar ingresos y pensar en un futuro posible significó comenzar a salir de una de las etapas más dolorosas de nuestra historia reciente.

Pero hubo una decisión que marcó su presidencia y que continúa ocupando un lugar central en su legado: la política de derechos humanos.

En 2003, el Congreso declaró la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y en 2005 la Corte Suprema declaró su inconstitucionalidad, permitiendo avanzar con los juicios por crímenes de lesa humanidad.

Kirchner convirtió la memoria de la última dictadura en una prioridad del Estado. Su decisión de ordenar el retiro de los cuadros de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone del Colegio Militar, en marzo de 2004, quedó grabada como uno de los gestos políticos más representativos de aquella etapa.

La memoria, la verdad y la justicia dejaron de ocupar un lugar secundario en la agenda institucional y pasaron a convertirse en pilares de una política pública nacional.

Esa decisión no nació de la nada. Fue posible gracias a décadas de lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los organismos de derechos humanos, sobrevivientes, familiares y organizaciones populares que nunca aceptaron la impunidad. El gobierno de Kirchner asumió esas demandas y les dio un nuevo impulso institucional.

Su presidencia también estuvo marcada por una disputa con los organismos financieros internacionales. La reestructuración de la deuda y la cancelación de las obligaciones con el Fondo Monetario Internacional en 2006 fueron presentadas por su gobierno como herramientas para ampliar la autonomía de las decisiones económicas nacionales.

En América Latina, Néstor Kirchner fue protagonista de una etapa de integración política junto a dirigentes como Luiz Inácio Lula da Silva y Hugo Chávez. La Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en 2005, donde fracasó el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas impulsado por Estados Unidos, quedó como uno de los momentos más significativos de aquella orientación regional.

Su forma de hacer política generó adhesiones profundas y también fuertes enfrentamientos. No fue un dirigente ajeno a las controversias. Su gobierno recibió cuestionamientos por la concentración de poder, su relación con sectores empresariales y los problemas institucionales que atravesaron aquella etapa.

Sin embargo, la intensidad de esas disputas también refleja hasta qué punto su presidencia modificó el escenario político argentino. Kirchner recuperó debates que habían quedado desplazados durante los años noventa: el papel del Estado, la distribución de la riqueza, los derechos de los trabajadores, la soberanía económica y la responsabilidad pública frente a los crímenes de la dictadura.

Y detrás del presidente también estaba el hombre.

El compañero de Cristina Fernández de Kirchner, el padre de Máximo y Florencia, el dirigente que discutía con pasión y que conservaba una relación estrecha con su tierra natal. Su muerte ocurrió cuando Cristina ejercía la Presidencia de la Nación y cuando él continuaba participando activamente de la vida política argentina y regional.

La despedida fue multitudinaria. Jóvenes, trabajadores, militantes, familias y ciudadanos de distintas generaciones llegaron a la Casa Rosada para rendirle homenaje. Muchos habían recuperado la esperanza política durante sus años de gobierno; otros encontraron en su figura una manera de comenzar a participar.

Aquellas lágrimas no expresaban solamente el dolor por una muerte. También hablaban de una relación política y emocional que había atravesado a una parte importante de la sociedad argentina.

Dieciséis años después, recordar a Néstor Kirchner exige algo más que repetir sus discursos o enumerar las decisiones de su gobierno. Significa volver a discutir qué país queremos construir, qué lugar deben ocupar los trabajadores en las decisiones nacionales y hasta dónde puede llegar la política cuando se propone transformar las condiciones de vida de un pueblo.

Su legado continúa siendo motivo de debate, adhesiones y cuestionamientos. Pero hay algo que resulta difícil separar de su historia: Néstor Kirchner contribuyó a devolverle a una generación la convicción de que la política podía servir para cambiar la realidad.

Desde Río Gallegos hasta la Casa Rosada, desde la Patagonia hasta los grandes debates latinoamericanos, dejó una trayectoria que forma parte de la historia argentina.

El 27 de octubre de 2010 murió Néstor Kirchner. Pero las preguntas que atravesaron su vida política siguen abiertas: quién tiene el poder, para quién se gobierna y qué estamos dispuestos a hacer para construir una sociedad más justa.

Porque quizás el homenaje más profundo a un dirigente que hizo de la política su vida sea comprender que ninguna conquista popular está garantizada para siempre y que los derechos, la memoria y la soberanía necesitan de un pueblo dispuesto a defenderlos.

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