Brasil y Cuba demuestran que la salud pública salva vidas: eliminaron la transmisión del VIH de madre a hijo
Redacción Raíces Digital | Mientras muchos gobiernos ajustan, privatizan y recortan, Brasil y Cuba muestran que cuando el Estado invierte en salud pública, los resultados llegan. Ambos países lograron eliminar la transmisión vertical del VIH —de madre a hijo—, un hito sanitario mundial validado por organismos internacionales y sostenido en políticas públicas, acceso universal y decisión política.
Brasil se convirtió recientemente en el país número 19 del mundo en eliminar la transmisión maternoinfantil del VIH. No se trata de un logro aislado ni circunstancial, sino del resultado de un sistema de salud pública fortalecido, con controles prenatales regulares, acceso gratuito a tratamientos antirretrovirales y seguimiento integral de las personas gestantes.
Antes, en 2015, Cuba había marcado un hecho histórico. Fue el primer país del mundo en recibir la validación internacional por haber eliminado la transmisión maternoinfantil del VIH y también la sífilis congénita. Ese reconocimiento fue otorgado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y ONUSIDA, el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida.
Este logro adquiere una dimensión aún mayor si se tiene en cuenta que Cuba lo alcanzó en medio de un bloqueo económico impuesto por Estados Unidos desde hace más de seis décadas, que limita el acceso a insumos, financiamiento y comercio internacional. Aun así, el país sostuvo una política sanitaria basada en la prevención, la atención primaria, el seguimiento comunitario y la gratuidad del sistema de salud.
La eliminación de la transmisión vertical del VIH implica que ningún niño o niña nace con VIH como consecuencia del embarazo, el parto o la lactancia, siempre que exista diagnóstico temprano, tratamiento oportuno y acompañamiento sostenido. Para alcanzar ese objetivo es imprescindible contar con un sistema de salud universal, con medicamentos garantizados, controles prenatales accesibles, personal sanitario formado y con condiciones laborales adecuadas, y una decisión política clara de priorizar la vida por sobre el mercado.
Que estos avances hayan sido validados por la OMS y ONUSIDA no es un dato menor. Se trata de organismos internacionales que establecen estándares sanitarios globales y evalúan con criterios científicos los resultados de las políticas públicas. El reconocimiento confirma que no se trata de discursos ni de relatos, sino de hechos verificables, medibles y sostenidos en el tiempo.
Brasil y Cuba muestran que invertir en salud pública no es un gasto sino una política de cuidado colectivo, equidad social y soberanía sanitaria. En un contexto regional atravesado por ajustes, recortes y discursos que desprecian lo público, estos logros funcionan como una interpelación directa: cuando el Estado asume su responsabilidad, la ciencia y la salud llegan a donde el mercado nunca llega.

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