De la Proveeduría al Neoimperialismo
La historia económica suele rimar, aunque cambie de escala. A principios del siglo XX, en los quebrachales de Santa Fe, los ingenios del Noroeste Argentino y las estancias patagónicas, se consolidó un sistema de explotación conocido como el “pago en vales”.
Por César Arizmendi
Un siglo después, en enero de 2026, la relación energética entre Estados Unidos y Venezuela bajo la administración de Donald Trump presenta un paralelismo inquietante. Lo que antes era una práctica corporativa de semi esclavitud dentro de una empresa, hoy parece haberse traspolado al tablero internacional: un modelo donde el productor entrega su riqueza básica a cambio de “créditos” que solo pueden canjearse en la tienda del comprador.
El Sistema de Vales: La Trampa de la Proveeduría
En la Argentina de 1900, empresas como La Forestal operaban como estados dentro del Estado. El obrero no recibía moneda de curso legal, sino vales o fichas que solo eran aceptados en la “proveeduría” de la propia compañía. Los estancieros de la Patagonia lo hacían con vales para comprar en la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia (hoy sólo La Anónima). Este mecanismo anulaba la libertad del trabajador: el empleador fijaba el precio del trabajo (el salario en vales) y, simultáneamente, el precio de la subsistencia (el costo de la comida en la tienda). El resultado era un circuito cerrado de dependencia donde el capital nunca salía de las manos del patrón, mientras el obrero permanecía atado a una deuda perpetua.
El Modelo de 2026: Petróleo por Suministros
A partir de enero de 2026, el esquema de control que planea Estados Unidos después de bombardear Caracas, secuestrar a su presidente y mantenerlo como rehén en Nueva York, sobre el crudo venezolano replica esta estructura circular. Bajo este modelo, Venezuela no recibe divisas líquidas por sus exportaciones. El petróleo es tomado y comercializado por entidades estadounidenses, y el valor generado se deposita en cuentas controladas (como las establecidas en Qatar) con un fin específico: comprar productos fabricados en Estados Unidos.
Al igual que el hachero santafesino o el paisano santacruceño, el Estado venezolano entrega su materia prima —su fuerza de trabajo nacional— y recibe a cambio una capacidad de consumo restringida. No hay autonomía para buscar mejores precios en otros mercados o para diversificar las reservas internacionales; el flujo financiero nace y muere en la jurisdicción del comprador.
El Dilema de la Soberanía frente a la “Gestión Humanitaria”
La administración de Trump, el nuevo dictador del mundo, defiende este sistema bajo una premisa de “asistencia ética”. Argumentando que, dado el “historial de corrupción”, el control de los ingresos asegura que la riqueza se transforme efectivamente en alimentos y medicinas (la “proveeduría humanitaria”). Sin embargo, desde la perspectiva del derecho internacional y la soberanía, el esquema plantea una forma de tutela económica sólo concebido en modelos anacrónicos de imperios y coloniaje.
Si en la Argentina del siglo pasado el sistema de vales fue denunciado por Juan Bialet Massé como una forma de esclavitud por deuda que impedía el desarrollo de un ciudadano libre, en 2026 este modelo de fideicomiso petrolero podría verse como una soberanía condicionada, colonia o país ocupado. Venezuela se convierte en un territorio de extracción cuya subsistencia queda supeditada a las órdenes de compra emitidas desde Washington.
Conclusión
El paralelismo es más que una curiosidad histórica; es una advertencia sobre la evolución del poder global. Mientras que el sistema de vales en Argentina fue finalmente abolido por leyes laborales que exigían el pago en moneda nacional para garantizar la libertad del trabajador, en el escenario internacional de 2026 no existe una autoridad superior que prohíba este “trueque forzoso”. La transformación del petróleo en vales de consumo estadounidense marca un hito ético y político negativo, reviviendo en pleno siglo XXI, los ecos de las viejas proveedurías de los ingenios.

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