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Reforma laboral de Milei: más poder para las empresas, menos derechos para quienes trabajan

11 de diciembre de 2025

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Redacción Raíces Digital | El régimen de Milei envió al Congreso su proyecto de “modernización laboral”, una reforma que flexibiliza jornadas, vacaciones e indemnizaciones, avanza sobre el derecho de huelga y crea nuevas figuras para el trabajo en plataformas. Mientras se la presenta como una ley para “crear empleo”, el texto consolida un modelo hecho a la medida de los grandes empleadores, con fuerte impacto para el interior del país y los sectores más precarizados.

El Poder Ejecutivo ingresó al Congreso un proyecto de reforma integral de la legislación laboral que el propio régimen define como la transformación “más grande de la historia argentina” en la materia. Detrás del nombre amable de “modernización”, el texto reescribe puntos centrales de la Ley de Contrato de Trabajo, toca la negociación colectiva, introduce cambios en indemnizaciones, vacaciones y jornadas, y pone bajo la lupa el funcionamiento de los sindicatos y la conflictividad social.

Lejos de ser un ajuste fino, la iniciativa se presenta como un giro de 180 grados: la promesa oficial es que, con menos “rigideces”, llegarán las inversiones y se multiplicarán los puestos de trabajo. La pregunta de fondo es quién paga el costo de esa flexibilización.

Jornadas más largas, banco de horas y vacaciones fragmentadas

Uno de los ejes fuertes del proyecto es el tiempo de trabajo. La iniciativa consolida la figura del “banco de horas”, permitiendo que las empresas extiendan la jornada en determinados períodos y la compensen con descansos en otros, siempre que exista un acuerdo registrado. En la práctica, esto habilita a que largas jornadas concentradas convivan con semanas más livianas, moviendo el límite clásico de las 8 horas diarias sin modificarlo formalmente.

Las vacaciones también quedan bajo presión. El proyecto habilita un fraccionamiento mayor del descanso anual, que podrá dividirse en varios tramos, con mínimos reducidos. Lo que en los hechos se traduce en menos tiempo continuo de descanso para las y los trabajadores y más margen para ordenar las vacaciones según las necesidades de la producción antes que de las familias.

Indemnizaciones y fondos de cese: abaratar el despido

El otro frente clave es el de las indemnizaciones por despido. El texto mantiene formalmente el principio de indemnización, pero redefine qué conceptos integran la base de cálculo y abre la puerta a la creación de fondos especiales –los llamados Fondos de Asistencia Laboral (FAL)– financiados por aportes patronales, que pueden sustituir al esquema tradicional.

Sobre el papel, se presenta como un mecanismo para “dar previsibilidad” y evitar juicios. En la práctica, abarata el costo del despido para las empresas y traslada el riesgo al propio sistema de fondos, reduciendo el peso de la sanción económica ante la decisión unilateral de dejar a alguien sin trabajo.

Huelgas bajo la lupa: más “servicios esenciales”, menos margen para parar

Allí donde el proyecto es más explícito en su sesgo político es en el capítulo de servicios esenciales y conflictividad laboral. La lista de actividades consideradas “esenciales” o de “importancia trascendental” se amplía considerablemente: ya no se trata solo de salud o seguridad, sino que se incorporan sectores como energía, transporte, educación, logística, sistema financiero y servicios digitales, entre otros.

Ese cambio no es menor. En esos rubros, el proyecto fija la obligación de mantener servicios mínimos muy altos durante una huelga, lo que en los hechos limita la capacidad real de parar. El derecho de huelga sigue escrito en la Constitución, pero la letra chica de la ley lo acota cada vez más, especialmente en las actividades estratégicas para el modelo económico que impulsa el Gobierno.

Plataformas y “nuevas” modalidades: más precarización con otro nombre

El proyecto también define un régimen específico para quienes trabajan en plataformas digitales –repartidores, mensajería, servicios on demand–, ubicándolos en una categoría intermedia que se parece más a la figura de “independientes” que a una relación laboral tradicional.

Detrás del discurso de “reconocer nuevas realidades”, lo que aparece es un marco que consolida la precarización existente: menos obligaciones para las empresas, menos derechos reconocidos para quienes sostienen con su esfuerzo cotidiano un rubro que creció al calor de la crisis.

Convenios colectivos y sindicatos: la disputa por el poder en el trabajo

La reforma laboral también toca el corazón del sistema de negociación colectiva. Se limita la ultraactividad de los convenios, es decir, la vigencia de los acuerdos una vez vencidos, y se refuerza la prioridad de los convenios de empresa por sobre los de actividad o rama.

Traducido: se fragmenta la fuerza de negociación de los trabajadores y se impulsa una lógica donde cada empresa busca imponer sus condiciones, debilitando la capacidad de respuesta de los sindicatos a nivel nacional o sectorial.

Al mismo tiempo, se endurecen las condiciones para los aportes y descuentos sindicales, exigiendo autorizaciones explícitas y nuevas regulaciones administrativas. En un contexto de crisis social profunda, el mensaje político es evidente: reducir el poder de las organizaciones de trabajadores en la mesa de negociación.

Un proyecto escrito desde arriba

El régimen defiende la reforma como una llave para atraer inversiones, formalizar empleo y “terminar con la decadencia”. El problema es que el texto está construido casi exclusivamente desde la mirada de quienes demandan menos costos laborales y menos regulaciones, sin incorporar la realidad concreta de quienes viven de su salario en un país con inflación alta, pobreza creciente y fuerte desigualdad territorial.

En las provincias del país, donde las economías regionales dependen de pocos sectores –petróleo, minería, energía, pesca, obra pública–, una reforma que abarata el despido, flexibiliza horarios y condiciona las huelgas puede significar todavía más asimetría frente a grupos económicos que ya concentran riqueza y poder.

Para provincias como Santa Cruz, el debate no es abstracto: se cruza con las discusiones sobre represas, YCRT, la zona petrolera, las mineras, los glaciares y el uso del agua. Es allí donde se define si la legislación laboral será una herramienta para equilibrar fuerzas o un dispositivo para disciplinar a quienes se organizan.

La discusión parlamentaria recién empieza, pero el sentido del proyecto está claro: reconfigurar el mundo del trabajo a favor de los grandes empleadores, bajo la promesa de que, con menos derechos, llegarán mejores tiempos. La respuesta que construyan sindicatos, gobernadores, legisladores y la propia sociedad frente a esta reforma marcará no solo el futuro del empleo, sino también qué lugar queda para la voz de quienes viven de su trabajo en la Argentina que viene.

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