Hay fechas que pertenecen al calendario y otras que pertenecen para siempre a la memoria de los pueblos. El 11 de septiembre de 1973 es una de ellas. Ese día fue derrocado en Chile el gobierno constitucional de la Unidad Popular y Salvador Allende murió en La Moneda. Cincuenta y tres años después, su nombre sigue atravesando Nuestra América como símbolo de dignidad, soberanía y lealtad al pueblo.
Aquel martes 11 de septiembre de 1973 amaneció distinto en Chile. No era un día más de una crisis política. Desde Valparaíso comenzaron a llegar las primeras noticias de la sublevación y, mientras avanzaban las horas, las Fuerzas Armadas fueron ocupando el país hasta cercar el Palacio de La Moneda.
Salvador Allende llegó temprano.
Pudo haberse ido. Pudo aceptar la salida que le ofrecían. Pudo abandonar el Palacio presidencial y salvar su vida.
Eligió quedarse.
Y aquella decisión terminaría convirtiéndose en una de las imágenes políticas más poderosas de la historia latinoamericana.
Allende no estaba defendiendo solamente un edificio. Detrás de aquellas paredes estaba un mandato popular y una experiencia que había despertado una esperanza inmensa entre los trabajadores, los campesinos, los estudiantes, las mujeres, los pobladores y los jóvenes de Chile.
La Unidad Popular había llegado al gobierno por el voto.
Y había llegado para tocar intereses que durante demasiado tiempo parecían intocables.
Chile comenzó a discutir quién debía ser dueño de sus riquezas, para quién debía producir la economía, quién tenía derecho a la tierra y qué lugar debían ocupar los trabajadores en la construcción de una sociedad distinta.
El cobre dejó de ser solamente una mercancía para convertirse en una cuestión de soberanía. La reforma agraria avanzó sobre una estructura de propiedad construida durante generaciones. Los sectores populares comenzaron a sentirse parte de decisiones que hasta entonces parecían reservadas para unos pocos.
Eso era la Unidad Popular.
No solamente ministros, partidos y discursos.
Era también el obrero saliendo de la fábrica, la mujer organizándose en su población, el campesino reclamando la tierra, los jóvenes pintando las paredes, las brigadas llenando de colores las ciudades, las canciones de Víctor Jara y aquella Nueva Canción Chilena que parecía anunciar que otro Chile estaba naciendo.
Era un pueblo que había empezado a reconocerse como protagonista de su propia historia.
Y eso resultaba intolerable para demasiados intereses.
El poder económico chileno, los sectores que jamás aceptaron aquellas transformaciones y la intervención de los Estados Unidos fueron cercando aquella experiencia. Hubo presión económica, financiamiento a sectores opositores, operaciones de desestabilización y una intervención extranjera que los documentos conocidos con los años terminarían dejando al descubierto.
Hasta que llegaron los militares.
Aquel 11 de septiembre los Hawker Hunter aparecieron sobre Santiago y bombardearon La Moneda.
Las imágenes todavía estremecen.
El humo saliendo del Palacio. Las ventanas destruidas. Los soldados avanzando por las calles. Y adentro, un Presidente con casco, rodeado por un pequeño grupo de hombres que había decidido permanecer a su lado.
En medio de aquel infierno todavía funcionaba una radio.
Radio Magallanes.
Desde allí salió por última vez la voz de Salvador Allende.
No habló como un hombre que buscaba salvarse. Habló como un dirigente que sabía que estaba viviendo sus últimas horas y quería dejarle algo a quienes vendrían después.
Habló a los trabajadores. A las mujeres humildes. A los campesinos. A los jóvenes. A los profesionales. Al pueblo chileno.
Y dejó una certeza que atravesó las décadas:
“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.
Después vino el silencio de La Moneda.
Pero no el silencio de Chile.
Allende murió aquel día y comenzó una larga noche. Augusto Pinochet encabezaría una dictadura que persiguió, encarceló, torturó, asesinó, hizo desaparecer y empujó al exilio a miles de personas.
El Estadio Nacional dejó de escuchar por un tiempo el grito de las tribunas para escuchar el miedo de los prisioneros.
Víctor Jara fue detenido, torturado y asesinado.
Miles de familias comenzaron a buscar a quienes nunca regresaron.
Quisieron arrancar de raíz aquella experiencia.
Prohibieron partidos, persiguieron militantes, quemaron libros, silenciaron canciones y trataron de convertir en delito hasta el recuerdo de lo que había sido la Unidad Popular.
Pero hay algo que quienes dominan por la fuerza nunca terminan de comprender.
Se puede derrotar a un gobierno. Se puede encarcelar a sus militantes. Se pueden bombardear sus edificios. Lo que no resulta tan sencillo es bombardear la memoria de un pueblo.
Por eso Salvador Allende sigue ahí. No como una figura inmóvil encerrada en los libros de historia.
Está cada vez que un pueblo latinoamericano defiende sus recursos naturales. Cada vez que un trabajador reclama dignidad. Cada vez que alguien sostiene que la democracia no puede reducirse simplemente a votar mientras unos pocos concentran la riqueza y millones miran desde afuera.
Está también en una pregunta que aquel Chile dejó abierta para toda Nuestra América: cuánto está dispuesto a tolerar el poder cuando un pueblo decide que quiere ser dueño de su propio destino.
Han pasado 53 años.
Muchos de aquellos hombres y mujeres ya no están. Otros envejecieron llevando consigo las fotografías, las canciones, los nombres de sus compañeros y la memoria de una época en la que creyeron que podían cambiarlo todo.
No pudieron borrar esa historia.
Porque aquella mañana los aviones bombardearon La Moneda, pero no pudieron bombardear el futuro.
Antes de que Radio Magallanes fuera silenciada, Salvador Allende habló de unas grandes alamedas que algún día volverían a abrirse para el hombre libre.
Más de medio siglo después, quizás ese sea el homenaje más profundo.
Seguir abriéndolas.
Salvador Allende, presente.
Raíces Digital: Objetivos, pero no imparciales